Manuel Padorno 1933-2002
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Guía para una lectura de la poesía de Manuel Padorno (Página 3 de 3)

Juan Manuel Bonet

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Desnudo en Punta BravaDesnudo en Punta Brava (1990), aparecido en una colección de difusión nacional como es Hiperión, con un dibujo suyo elemental en cubierta, y con el consabido autorretrato lineal como frontispicio, constituye un hito trascendental en la trayectoria poética padorniana, como tal percibido por la mayoría de quienes veníamos siendo sus lectores. Por los textos poéticos anteriores sabíamos que tras regresar a Las Palmas los Padorno residieron en la Ciudad Alta. Ahora gracias a este poemario conocemos su definitiva casa grancanaria, “casa de la vida” que por mi parte no dudo en calificar como una de las más hermosas que me ha sido Casa de Manuel Padorno, Punta Bravadado conocer nunca, casa abierta al mar, casa en Punta Brava, en un extremo de la Playa de las Canteras –un retorno al espacio de la adolescencia–, casa azul y blanca, con azotea –ahí el lugar de la pintura–, casa en el centro de la cual se abre el amplio despacho en penumbra, con sus altas bibliotecas acristaladas, y en ellas lo mejor de la poesía canaria, española, latinoamericana, universal, y en ella también lo más granado del arte moderno, de un pintor-poeta como Schwitters a los amados expresionistas abstractos norteamericanos, que constituyeron para Padorno –tanto para el Padorno pintor como para el Padorno poeta– una lección de intensidad y a la vez de contención. Memorables son muchas de las composiciones que de 1989 –fecha de su instalación en ella– en adelante le inspirará aquella “casa del nómada”, de un nómada que ha vuelto para siempre aunque a veces piensa lo contrario, que debía haberse marchado para siempre. Aquí mismo, en esta suerte de diario de una Vista desde Punta Bravaadaptación –“la región bondadosa deja oír / cómo aprender a oír de nuevo todo”–, en este volverse a convertir en “discípulo del mar” –así se titulaba la segunda sección deA la sombra del mar– están el ruido de las olas por la noche, la luz, el ron Habana, “un barco / desleído en azul, sobre la línea / delCasa de Manuel Padorno, Punta Brava horizonte”, el sol, el vuelo de una gaviota que “va dormida, / estampada en el aire”, otra “que raya / el horizonte y sale”, una falda por el atardecer, un perro que ladra, unas nubes, la recordada “azalea de la infancia”, la caterpillar que rasura la arena, los gimnastas, los ciclistas, un mariscador por La Barra... No faltan los homenajes: en “Oyendo a Europa” al purísimo Edvard Munch –descubierto en un viaje a Noruega, y objeto de varios de sus homenajes pintados de la serie Nómada urbano–, y en “Efigie” a Mallarmé, caminando fuera de su 89, rue de Rome. También resultan dignos de ser subrayados los acercamientos al sentido de la propia pintura, que realiza “cegato”, y a propósito de la cual invoca nuevamente a Giotto.

Nomaden in NetherlandEl hombre que llega al exterior (1990), parte del cual había sido adelantado aquel mismo año en la mencionada antología El nómada sale, es otro gran libro, y el primero de los tres que Padorno publicaría en Pre-Textos. Consta de dos secciones en verso, “Buscando la gasolinera del Sur” y “Trabajos en el exterior”, separadas por otra en prosa, “En el interior de la casa europea”. El horizonte es el de la casa de Punta Brava, la “casa de la claridad” –“la casa sola sobre el mar, / dentro del mar, por fuera”–, la “casa oceánica” donde ve “desgajarse / algo de lo alto: una rama de luz”. Se alude a otros paisajes grancanarios: la gasolinera del Sur en “un paisaje de cal viva”, la Playa del Inglés como “una larga cinta de arena / blanca al sol, una larga / cinta tendida al aire”, la Alameda de Colón en la propia ciudad... “Islas Canarias, territorio de la claridad”. Desde ellas, el poeta sale al exterior. Camina por Londres. Por Amsterdam. Por la vecina Otterlo, donde en la niebla confunde con una roca a una vaca, vaca que más tarde calificará como “la vaca de Bart van der Leck”, un pintor que le había inspirado las fotografías geométricas de la serie Nomaden in Netherland (1978). Por laSelva Negra alemana donde ve arder “el árbol centroeuropeo”. Por Las Navas del Marqués entre la nieve. En París por el Nomaden in NetherlandBoulevard Saint-Germain o cerca de la Torre Eiffel. Por un Madrid caluroso: “una lenta cocción el aire pálido”. Por Roma: “el hondo azul transparente”... Desfilan el comerciante indio en su bazar –una figura recurrente en la poesía padorniana más tardía–, el guiri, Góngora, Poe, Van Gogh, Nicolás Guillén –del que “Sóngoro canario” es una parodia–, Lezama, Willem de Kooning en el Stedelijk Museum, Clyfford Still, una culebra en la Playa de las Canteras, una mosca arañando el cristal que el poeta, mal despierto todavía, confunde… con un perro escarbando la arena de la playa… Especialmente certero me parece el poema sobre Clyfford Still –una pasión que comparto–, que empieza así, “Nunca pensé que alguien / pudiera trabajar en un paisaje / tan hondo, tan constante”, y en el cual califica al pintor de “un norteamericano de la claridad”. El poeta, en “El buscador de oro”, habla de su trabajo sin sentido para el común de los mortales, porque en lugar de buscar oro, este buscador “todo lo que toca / lo convierte en agua”. En “Creyente” dirá que “tentar el agua es pura / religión”, idea que retomará, de otro modo, en “Creía en algo”.

Serie Gauguin: Día Oscuro - 1974. Técnica mixta sobre papel. 31,8 x 31,8 cmÉgloga del agua (1991, existe reedición corregida y aumentada del año siguiente), con su cubierta del pintor lanzaroteño Juan Gopar, es un poema extenso, de 405 versos. Inicialmente se iba a haber titulado Acántico espiritual. Es algo así como el “poema del Atlántico” del nómada, con el Paul Gauguin bretón y tahitiano –y su discípulo Paul Sérusier– como explícito hilo conductor. Padorno trabaja a partir del sentimiento de la huida lejos. Identifica su casa en Punta Brava con la de Gauguin en Mataiea, de ese Gauguin al cual en pintura había homenajeado en 1974, en una serie de 24 papeles. El mar canario, “severa habitación donde reside”, es “la alcoba de agua”, en “una isla invisible en el Atlántico, / una ciudad las palmas entreabierta”. El entorno determina a Gauguin… y al poeta: “A la Isla me fui. A verdistinto”. Hay animales, y pájaros, y plantas, y referencias a, entre otros, Giotto, Góngora, Fray Andrés de Abréu, Nicolás Estévanez, Cézanne y Matisse, el Cementerio marino de Paul Valéry y el último Juan Ramón, más ráfagas de Severo Sarduy y de LaSerie Gauguin: Con nube - 1974.Técnica mixta sobre papel. 31,8 x 33 cm Cuba secreta de María Zambrano, de quien en la segunda edición se darán a conocer, a modo de prólogo, unas sentidas palabras dirigidas al poeta. Tras los versos y su música que nos arrastra, vienen su glosa, su autoanálisis, desarrollados en 27 páginas, la primera de las cuales empieza con la expresión de su deseo de hacer, sí, “el poema del agua”. En ese epílogo encontramos, además de la antes referida alusión a “la vaca de Bart van der Leck”, estas afirmaciones de interés en relación con su otra pasión fija: “Nunca antes la poesía se había acercado tanto a la pintura, ninunca antes la pintura se había acercado tanto a la poesía. Monet, Cézanne, Matisse, Picasso. También Malevich, Kandinsky, Mondrian, Pollock. También desde Turner, desde Coleridge, Hölderlin”.

Una aventura blanca (1991 también) apareció en otra editorial madrileña, Libertarias. Serie Gauguin: Troceado con manzanas. 1974. Técnica mixta sobre papel. 47 x 36,8 cm

Se trata de un largo poema en 101 fragmentos. El paisaje ya lo conocemos: la ventana abierta al mar en Punta Brava, la playa, la luz –el árbol de luz: imagen recurrente en su poesía tardía, y también en su pintura–, el salitre, las gaviotas, la lectura “bajo una luz precisa” –la de la bombilla del último Guston–, el vaso, una palmera solitaria, un joven que hace windsurf… El poeta se autorretrata, con ironía marinera, fumando en pipa, y en compañía de un loro azul y de un perro canario blanco: “capitán de los signos”, capitán cuyo barco “petrificado” se convierte en casa, capitán en “navegación inmóvil, hacia lo hondo / del tiempo”. En otro lugar del libro, nuevo autorretrato, esta vez como pintor, no oscuro, sino que viene “de Claridad, ciudad perdida al Oeste”, alusión sin duda a las raíces norteamericanas de su pintura…

Padorno en Punta Brava antes de instalar la Biblioteca, 1989. (Detrás suyo, clavadas en la pared, las tirillas de madera sobre los que fijaba los poemas para estudiarlos)Éxtasis (1993) lo integran –de nuevo la voluntad sistemática, apoyada en el conocimiento de la tradición española– veinte sextinas, la primera de las cuales se titula “Sextina del mar mi casa” –“al abrir los cristales el azul / invadirá mi casa”–, mientras la última es la “Sextina del amor”, habiendo cerca del final una “Sextina de mi casa el mar”, algo que tiene sentido en un libro deliberadamente repetitivo, que vuelve y vuelve sobre los temas ya conocidos que le suministra su casa de Punta Brava: el mar, la luz como bebida, el árbol de luz –“la luz es mi país”–, las gaviotas, la claridad…Desde el cuarto de estar, Punta Brava

En Efigie canaria (1994), otro gran libro, que ya he mencionado a propósito de la presencia en su cubierta de un cuadro de Antonio Padrón, Padorno da un nuevo repaso, en 81 sonetos, a los temas insulares de su predilección. Predominan el consabido paisaje marino, lo “sublime atlántico” –la fórmula nos hace pensar en Richard Diebenkorn y en sus maravillosos Ocean Parks, tan presentes en el debate de la nueva pintura española, y conocidos por Padorno en el Nueva York de 1977–, el sol, la luz, “el pájaro invisible de la luz”, “el pez de luz”, “el oleaje de la luz”, “el sitio de la luz”, las gaviotas, la calima sahariana, la nube que pasa como “algodón tumultuoso”, “la vidriera del atardecer”… Está, siempre, el observatorio desde el cual el poeta contempla y recrea esa realidad: su casa de la vida, donde “gira / la luz del mundo”. “Mi casa el mar”, sí, como en A la sombra del mar, y en ella un tronco del Brasil. Está la ciudad de Las Palmas. Están la metáfora de la pintura, y sendas glosas de la de Philip Guston, de nuevo, y de la del siempre admirado Manolo Millares. Están Góngora, “la comarca canaria”, un recuerdo nostálgico al madrileño Taller de Ediciones JB –“Taller de silencio”–, y los clásicos insulares, Cairasco, Fray Andrés de Abréu, el Vizconde de Buen Paso, el parnasiano Manuel Verdugo, Domingo Rivero –una auténtica obsesión, realmente–, Alonso Quesada disfrazado de funcionario de banco británico, en una variante del soneto aparecido en 1960, en San Borondón...

También en 1994, y aunque no sea la pintura el objeto principal de este texto, debemos anotar, en el otro frente, la exposición más importante de las realizadas jamás por Padorno, titulada Nómada de la luz, abarcadora de treinta años de su obra plástica, que se vio en Las Palmas –en La Regenta, donde hablé sobre mares pintados– y en Santa Cruz de Tenerife –en La Granja y en el Círculo de Bellas Artes–, y que comisarió Fernando Castro Borrego, cuyo texto principal en el catálogo lleva el significativo título “Manuel Padorno: la mirada arborescente”.

Desvío hacia el otro silencio (1995), publicado por Fernando Gómez Aguilera en su hermosa colección “Péñola blanca”, de la lanzaroteña Fundación César Manrique, e integrado por nueve poemas tan sólo, va precedido por unas “Palabras para una Guía del desvío”, en las que encontramos referencias a Giotto y a Juan Ramón. Se insiste nuevamente sobre el concepto de “árbol de la luz”. Otra idea, presente desde el título mismo, la del desvío, la de la puerta o grieta que desde lo visible conduce a lo no visible, estaba ya presente en Éxtasis, en la “Sextina del desvío”. El paisaje es, una vez más, el de Punta Brava, donde sobre su larga mesa azul escribe la playa como “azul vaso de luz” en el que “beber / la claridad universal”.

El libro siguiente es Para mayor gloria (1997). Lo abre un divertido “Bestiario atlántico”, en el que hay mosquitos, hormigas, cabras y otros animales. Luego vienen nuevos poemas sobre la playa cotidiana, una parodia de Domingo Rivero –“Yo, a mi cuerpo cansado”–, un canto a una “Casa de vidrio” del norteamericano Philip Johnson, una de las pocas referencias explícitas a la arquitectura moderna en los versos de alguien que la pensó mucho, y que en su pintura tributó no pocos homenajes a protagonistas de la misma…

El pasajero bastante (1998) es un libro integrado por 81 décimas, prologado por un gran conocedor de nuestra poesía tradicional como es Maximiano Trapero, para el cual se trata de un poemario de “complejo y cerrado lenguaje”. En su cubierta se reproduce el cuadro de Caspar David Friedrich El nómada sobre el mar de nubes (circa 1818). Leemos en la primera décima: “un viaje / sin carta marina busca / llegar a donde el lenguaje”. El “nómada del afecto”, “navegante del abismo” y “pasajero del lenguaje” viaja mentalmente en barco. “Es el viajero perfecto / que a ninguna parte llega”. Contempla el árbol de la luz, las gaviotas, las frutas, el tabaco, los volcanes, el Teide –ya he mencionado lo de “la pirámide más clara”–, “la maquinaria / de los alisios”, la tormenta, el huracán, el naufragio… Lo acompañan otros dos pasajeros, el filósofo, Kierkegaard nos dice Trapero que le dijo Padorno, y el pintor, que es varios pintores, pero que, según la misma fuente, a la postre es Munch.

El libro con que se cierra la obra padorniana publicada es Hacia otra realidad (2000), aparecido en Barcelona, en la colección “Nuevos textos sagrados” de Tusquets. En “Camino de mi ventana”, poema con que se abre su primera sección, “La fábrica de luz”, se autorretrata camino de “la fábrica de luz”, como “un obrero más, de los que abría / las más grandes compuertas invisibles, / celestes transparencias, y engrasaba / los émbolos más altos, las poleas / que elaboraban la mañana atlántica”. El tono lo anticipaba ya una de las composiciones –“Mi trabajo en la fábrica indecible”– de Efigie canaria o la mencionada alusión a “la maquinaria de los alisios” de El pasajero bastante. El segundo poema, “La máquina de luz”, insiste sobre la misma idea, y contiene la descripción del taller, de la ventana en Punta Brava. El tercero se titula explícitamente “Soy quien pone en marcha la mañana”. Y así sucesivamente, que en esta zona del libro Padorno, que se ve “preciso, matemático, perfecto / ya”, nunca deja de recurrir, en el que es el conjunto de versos más barrocos de su producción, a desconcertantes símiles maquínicos: compuertas, portalones, ruedas, engranajes… En la segunda sección, “La campiña atlántica”, donde el mar se torna campo, cosecha, jardín, encontramos una cita de Bartolomé Cairasco de Figueroa, el canario gongorino. Vuelve la metáfora maquínica, en “Ahora la brisa es dulce”, con las “grandes destilerías oceánicas”, sus calderas, sus alambiques, y así sucesivamente… La tercera sección se titula “El otro lado”, supongo que en homenaje al austríaco Alfred Kubin y su novela homónima. En ella las cosas, en apariencia, se serenan, aunque luego entramos en los misterios metafísicos de lo cotidiano, desde los cuales saltamos imperceptiblemente a ese “otro lado” aludido en el título, a ese desvío “que nunca es razonable”. Nuevamente el poeta pasea por su querida Holanda, concretamente por Delft, la patria de Vermeer. La cuarta sección se titula “Nuevas dimensiones”, y en ella seguimos en la playa, en la luz, en el azul, en lo juanramoniano. Ecos de Pedro Salinas, también: “Días como años” lleva como encabezamiento una cita de El contemplado, mar, su libro puertorriqueño.

De El hombre que llega al exterior es este nítido y hondo poema del crepúsculo, con el que me gustaría cerrar esta lectura, este homenaje:Manuel Padorno leyendo en la azotea de Punta Brava

                      En el atardecer

                      La vida baja a la playa dulcemente.
                      No hay nadie. Una gaviota vuela lejos
                      en el atardecer. Cunde el silencio.
                      Un barco lejanísimo. Pero dime, Manuel
                      Padorno, ¿qué ves? El mar tendido,
                      el filo de luz última, la barca sola.
                      Ciertamente la luz. Resuenan
                      mis pasos por la arena, en el silencio
                      cae el tiempo, palpo oscuridad.



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