Manuel Padorno 1933-2002
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Guía para una lectura de la poesía de Manuel Padorno (Página 2 de 3)

Juan Manuel Bonet

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En El nómada sale (1990), antología tardía de su obra, aparecida en la popular Biblioteca Básica Canaria, y prologada por Juan Cruz, que a partir de un determinado momento decide darle la palabra al poeta, Padorno dio a conocer parte de Conejera, otro libro lanzaroteño, escrito en 1963, e inédito como tal, libro del mar, de las palmeras, de la “uva de piedra”, de la navegación, de los pescadores, del comercio con los frutos de su labor, de las islas menores de La Graciosa y Alegranza, de la luz royendo una casa lejanísima, de los pueblos esenciales en “calmo silencio”; libro que en algún momento llega a la expresión minimalista, como en este “En el subir”: “Subo por esa loma alta. / Oigo mi pensamiento”.

En 1963 los Padorno se habían reinstalado en Madrid, donde a lo largo de los años siguientes él realizará tentativas dibujísticas –Machangos y monigotes– en la vecindad de Alberto Greco. En el ámbito de la palabra, Código de cetrería (1965-1966), poemario inédito, mas parte del cual ha sido dada a conocer en diversas antologías, contiene alguna composición excelente en la que da rienda suelta a su sentimiento de ser un exiliado en la península, como “Cebreros”, o como “Varado en Castilla”, donde se mezclan el paisaje urbano presente, y el dejado atrás, y que termina en tono alto: “En la noche / alguien trata lentamente, con su aparejo, / trenzar palabras cada día como si fueran / peces que llegaran bajo la claridad de su barca / varada en el corazón de Castilla”. El soneto a Domingo Rivero sobre fondo de Vegueta, constituye una primera aproximación a un personaje al que ya hemos aludido, que lo fascinará y obsesionará toda su vida por su “capacidad de concentración”, para cuya fortuna crítica han sido fundamentales los esfuerzos tanto de Jorge Rodríguez Padrón, autor en 1967 de la primera monografía, como de Eugenio Padorno, hermano de Manuel, y recopilador en 1966 de una antología en homenaje al modernista –antología en la que figura el mencionado soneto de Manuel–, en 1977 de otra, Pictografías para un cuerpo, en torno al soneto riveriano “Yo, a mi cuerpo”, y en 1994 de su Poesía completa.

En Ética (1967-1977), también inédito como tal, y que también conocemos parcialmente por las antologías, volvemos a encontrarnos con algunos interesantes poemas peninsulares, como “El único testigo”, de atmósfera castellana, o como “Silla de junto al lecho: Domingo Rivero”, composición esta última que nos habla de un Madrid cotidiano, aquel en que Manuel Padorno y Luis Feria impulsaban, con la ayuda de Josefina Betancor, la colección “Poesía para todos”, en la que aparecieron entregas breves, pero importantes, de Carlos Barral, Francisco Brines, Ángel Crespo, Jaime Gil de Biedma, Ángel González y José Ángel Valente, entre otros, mientras en cambio no vieron la luz los anunciados títulos de los propios responsables de la serie.

Boceto de cubierta de la colección Poesía para todosLa plaquette titulada, dantescamente, Papé Satàn (1970), editada en Las Palmas por Inventarios Provisionales –que cuidaban Juancho Armas Marcelo y Eugenio Padorno–, recoge, bajo una cubierta de Juan Ismael, nueve poemas hasta entonces inéditos –a excepción de uno, procedente de A la sombra del mar–, nueve poemas que difícilmente permitían entonces –por mi parte los leí en la Sevilla de 1971, y he de confesar que me dejaron más bien indiferente– hacerse una idea de cuál era el orbe poético de su autor, que se había alejado de su poesía marina –a la que por mi parte no accedería sino más tarde–, sin haber encontrado todavía su nuevo camino. No son, está claro, los nueve poemas suyos de aquel tiempo que elegiríamos –acabamos de leer algunos infinitamente más importantes–, pero hoy nos interesan, sin embargo, en relación con otras zonas anteriores o posteriores de la poesía padorniana, la cordialidad social de “Juan el barbero”, la euforia de “El instrumentista” –“toca con la ciudad, canta con todos”–, la ironía social de “Let’s have a party”, y sobre todo el sentimiento de la ciudad que late tras “El solitario”.

También en 1970, Padorno escribió la composición incluida en la carpeta de seis serigrafías de Manolo Millares Torquemada, editada por Juana Mordó, y en la que pintor y poeta interrogan al inquisidor Torquemada: cómo “el intelectual de la violencia / angélica, la pura fe en el fuego / engendrador de la salud celeste, / mortal, voraz y verdadero mata”. Miguel Martinón contrapone pertinentemente esta composición, con otra, aparecida en Diario de Las Palmas el 16 de marzo de 1967, en la que el retratado es el institucionista Francisco Giner de los Ríos, “hermoso varón laico” que tenía “el oficio de ser bueno”.

“En un lugar, río Támesis, Charing Cross / desde el que pueden verse grandes lienzos lisos de lona rugosos colgados, / altos edificios planos, paneles entre la gasa y el gas de la niebla engañosa, / botes de cerveza, ventanas encendidas por dentro”… Padorno, que en 1969 había descubierto al fin Nueva York –tan presente en años sucesivos en su obra plástica–, dio un giro decisivo a su obra en Charing Cross (1973), largo y experimental y divagatorio y coloquial y en cierto modo poundiano poema urbano londinense en nueve fragmentos –acabo de citar el inicio del primero, fechado el 22 de septiembre de 1971–, que The Graphic Man –un pie de imprenta fantasioso– editó en forma de carpeta, y que apenas ha circulado, siendo por mi parte lo último que hace unos días, y gracias a Josefina y a Patricia, he conocido de él. En él nos encontramos con muy diversos “ingredientes”, que cito en desorden: el fluir del gran río de John Donne, el “agua a motor”, la obra extrema de Rothko –los Rothko, en concreto, de la Tate–, la orquesta de la guardia real a caballo, las bandadas de palomas de Trafalgar Square, “el cielo escaso casi seco, tenso, de barroco barro borroso”, “las estatuas envueltas en la niebla”, una discoteca “cerca de Leicester Square, detrás del Parque Santa Catalina”, viejas fotografías de un navío británico un día de fiesta en el Puerto de la Luz, el propio poeta reescribiendo Charing Cross en el Madrid cercano a Ventas, y acordándose de repente de Arrecife, de Dante, de Góngora, del Poema del Cid, de Giotto… La pintura ocupa entonces, y ello se va a acentuar en años sucesivos, buena parte de los afanes de Padorno, cuya primera individual, de collages, aludida al paso en el cuarto fragmento del propio poema, había tenido lugar precisamente en el Londres de 1971, en la Hampstead Gallery.

El largo poema en siete estancias Coral Juan García el corredera (1977), aunque comenzado en 1959, no pudo publicarse entonces, por obvias razones políticas, y en opinión de Miguel Martinón fue reelaborado posteriormente. En clave épica y, sí, coral, aunque también tiene importancia la dimensión paisajística, y aunque desde el punto de vista del lenguaje estemos ante un texto de vanguardia, de lo que se trata es de evocar un célebre episodio –garrote vil incluido– de la resistencia antifranquista canaria, protagonizado por el guerrillero Juan García Suárez, alias “El Corredera”, que durante largos años burló a las fuerzas del orden, hasta que precisamente en 1959 fue apresado, juzgado y ejecutado. El volumen, con cubierta de Chirino, apareció en la modesta colección “Paloma Atlántica Poesía” de la Biblioteca Popular Canaria de Taller de Ediciones JB, donde vieron la luz títulos –casi nunca el mejor de cada uno de ellos– de poetas canarios de distintas generaciones. Años después, en 1987, Coral… sería representado en el Teatro Pérez Galdós de Las Palmas.

La obra “pública” de Padorno, reinstalado en Las Palmas en 1985, se reinicia con un libro breve –19 poemas tan sólo– y precioso –recuerdo mi propio deslumbramiento, cuando leí el ejemplar dedicado que me llegó por correo–, Una bebida desconocida (1986), con cubierta suya y multicolor, como suyo el autorretrato lineal, y muy conseguido, incluido como frontispicio, y suyo el irónico pie editorial, “Banana Warehouse”, bajo el cual se anunciaban diversos títulos que no verían la luz. Padorno tiene entonces cincuenta y tres años. Además de pintar y exponer lo que pinta –en 1981 tiene lugar su individual Nómada urbano en la Casa de Colón de Las Palmas, y en 1983, año de su cuadro de esa serie en homenaje a Morandi, se inicia, con una exposición de mismo título, su relación con la madrileña Galería Aele–, renace a la poesía, abriéndose su tiempo de producción más fecunda. Poesía del regreso. Poesía insular. Poesíacallejera y conversacional. Una toponimia, unos espacios concretos del dédalo de la reencontrada ciudad de Las Palmas de Gran Canaria: obviamente la Playa de las Canteras, pero también el “gran fanal del Puerto de la Luz”, la Isleta, el Parque de Santa Catalina, un “café de un barrio pobre / popular y pesquero”, la Plazuela, la Plaza Cairasco, el Hotel Madrid, el Gabinete Literario, poblado de sombras y ecos ochocentistas. El foco de atención se traslada en un determinado momento a la “Montaña de Gáldar”, un poema en memoria del pintor indigenista Antonio Padrón, presente como ilustrador en San Borondón, sobre el que Padorno escribió varias prosas en la prensa, y a un cuadro del cual recurrirá para la cubierta de un libro muy posterior, Efigie canaria (1994). En el siguiente poema, fija los elementos que componen una “Pastoral canaria”. En “Ofrenta, el perro ladra” glosa unos versos tinerfeños, “The Orotava Road”, del poundiano Basil Bunting. “En la más lenta combustión” seguimos en Tenerife, donde “el Teide derramaba sal, espacio”, el Teide que en otro lugar –en una de las décimas de El pasajero bastante (1998) – será calificado de “la pirámide más clara”. Con “Europa”, poema fechado en Amsterdam y dedicado a su hija Patricia, nos vamos lejos. Cierra el volumen una página titulada “Dedicatoria y notas”, por la que sabemos cuáles eran entonces las amistades y los afanes del poeta, que nos informa además de que, como lo hará a menudo en lo sucesivo, ha procedido a engastar en su texto, a modo de collage, algunos fragmentos ajenos: de Juan Ramón y de Lezama, dos de sus referencias más constantes, y del setecentista canario José de Viera y Clavijo.

Loor del solitario (1987) es un libro inédito, del que conocemos la selección incluida en la mencionada antología El nómada sale. En él me llaman la atención el poema “Cangrejo del espacio”, inspirado en un sucedido del Juan Ramón de Coral Gables; otro, “En el tibio diciembre”, que hace referencia al puente sobre el mar que hacia La Habana o Caracas tiende siempre la cultura canaria; y una “Meditación en el Parque San Telmo”.

De El náufrago sale (1989) casi podemos decir que se trata de unos “Collected Poems” del Padorno segunda manera, ya que incluye tres poemarios: uno ya publicado y al que ya he hecho referencia, Una bebida desconocida, y dos inéditos hasta entonces, El animal perdido todavía y En absoluta desobediencia.

En El animal perdido todavía se afirma la presencia del mar, jubilosamente reencontrado, en verso, y también en pintura –de entonces es la serie Nómada marítimo–, tras los años madrileños: la playa, la luz, “la claridad marítima”, las gaviotas... En “El poeta de la audiencia: Domingo Rivero” vuelve a ser protagonista el precursor grancanario. Estos versos reconstruyen, como en 1988 lo había hecho el happening titulado Paseo de Don Domingo Rivero por la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, el itinerario urbano de este singular personaje, al cual Padorno va a seguir interrogando una y otra vez en sus libros sucesivos, y al cual también dedica, también en 1988, un tríptico titulado Nómada marítimo, expuesto aquel año en San Antonio Abad, y cuya La nave pasatercera pieza, La nave pasa, fue elegida por mí, en 1995, como cierre simbólico de mi muestra del CAAM El poeta como artista. Nos resulta asimismo familiar la figura evocada en “Arenal Alonso Quesada”. En “Hombre de Las Palmas”, en “Nómada urbano” –donde la ciudad es tratada como si fuera un inmenso lienzo–, en “El muelle grande”, en el popularista “Madre Doña María”, en “Neología canaria” –donde cruza de nuevo, fugazmente, la sombra amada de Domingo Rivero–, la ciudad y su toponimia vuelven a ser protagonistas. No faltan los poemas de carácter histórico, alusivos a los primeros años del archipiélago integrado a la Corona española, al paso de Darwin por Santa Cruz de Tenerife, al de Humboldt por La Orotava. Ni los homenajes: a Borges, a María Zambrano, a Lezama siempre, al pintor José María Benítez, compañero de generación del autor –ya lo hemos mencionado como la persona que le presentó a Millares–, y cuyo destino fue no peninsular, sino, como les ha sucedido de siempre a tantos canarios, venezolano… El poema inspirado en Jerusalem, nos recuerda que Padorno había ido allá en 1987, en su condición de artista plástico, con una colectiva canaria. La segunda parte del libro es en prosa, y en ella los protagonistas son la ciudad de nuevo, sus escritores tutelares –Tomás Morales, Alonso Quesada, Domingo Rivero una vez más por el laberinto urbano en el que se adentra tras salir de su casa junto a la Catedral–, sus restaurantes, más un salto a la vecina y natal Santa Cruz de Tenerife. Manuel Padorno en Jerusalén, 1987En la tercera, nuevamente en verso, en uno de los poemas vuelve a aparecer la silueta del tinerfeño de adopción Basil Bunting, mientras otros nos llevan hacia la obra de Kiefer, hacia la “Muchacha catorce de julio” en la noche provenzal, hacia la “Colegiala rosa”, hacia la contemplación de un cuadro tan definitivo como la vista de Delft de Vermeer –los Países Bajos siempre como un anhelo de orden: Vermeer, Mondrian– que se conserva en La Haya, en el Maurithuis.

En absoluta desobediencia encontramos nuevas estampas grancanarias, un retrato del amigo Manuel González Sosa –el impulsor de San Borondón–, un poema sobre Giotto y otro sobre Luca della Robbia, y otro más sobre Guston –un pintor al que en 1986 dedica dos cuadros de la serie Nómada marítimo–, más prosas viajeras –sobre la localidad tinerfeña de Tacoronte, sobre Londres– y otra sobre Clyfford Still, en torno al cual hay también un poema.

1990 es un año clave para Padorno, que publica nada menos que tres libros de versos, a los que enseguida me referiré, y que recibe el Premio Canarias en su modalidad de Literatura. Junto al resto de los galardonados, el galardón le es entregado en Santa Cruz de Tenerife el 30 de mayo, Día de Canarias, en una ceremonia durante la cual en nombre de los premiados pronuncia su discurso Sobre la indiferencia y el ocultamiento: La indefinición cultural canaria, editado aquel mismo año bajo una cubierta donde se reproduce un sello-pintadera del Museo Canario. En este importante texto se remonta a los tiempos anteriores a la conquista, para luego hablar de Cairasco, de Viana, de las tertulias ilustradas, de Nicolás Estévanez, de los modernistas –de los poetas, pero también de Néstor–, de los vanguardistas de Gaceta de Arte, de las Planas de Poesía de los hermanos Millares, del Manifiesto del Hierro (1976), en cuya redacción había participado.

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